gimnasioMe enfrento a un misterio para cuya resolución haría falta que el mismísimo Sherlock Holmes se encarnase en un contemporáneo y pusiera un despacho en la ciudad donde vivo, para así contratar sus servicios profesionales como desentrañador de enigmas insondables.gimnasio

gimnasioNo es la primera vez que me topo con un caso así. Llevo toda la vida tratando de averiguar POR QUÉ COÑO hay gente que no saluda. Saludar es un verbo que no lleva aparejado ninguna actividad onerosa para quien lo pone en práctica. O sea, no cuesta dinero. Tampoco requiere de un gran esfuerzo a nivel de cuerdas vocales ni un gasto de saliva extraordinario. Yo, tumbada en la camilla de un hospital, con un endoscopio más grande que el puño de un bombero metido en la boca minutos antes de hacerme una gastroscopia, he saludado al médico y a la enfermera con la efusividad y la cortesía que ambos sanitarios se merecen. Sí, lo admito. Aquel saludo ahogado fue totalmente indescifrable, pero perfectamente válido porque suplí mi temporal impedimento respecto al signo sonoro con una expresión ocular desmedida e histriónica, a lo Salvador Dalí.gimnasio

Todos los días coincido en mi gimnasio con un señor madurito que, ignoro si por imperativos de su profesión o porque padece vigorexia senil o simplemente porque es un viudo alegre que desea ligar con un pibones veinteañeros, se machaca el cuerpo como el más experimentado de los culturistas. Nada de esto tiene interés para mí y jamás me hubiera inspirado ningún post a no ser porque llevo meses saludándolo al entrar (puesto que nos vemos todos los días) y JAMÁS DE LOS JAMASES ME HA DEVUELTO EL SALUDO. Pero yo, erre que erre. Nada más abrir la puerta de la sala fitness me lo topo cara a cara, ya que es ubícuo, como la gracia de Dios. Que voy a hacer press de banca, allí está él. Que si dominadas, también. Que quiero el agarre de soga, él lo ha cogido. Tiene, además, el cabrón, la odiosa costumbre de ocupar varias máquinas, barras y accesorios, todos al mismo tiempo, desplegando el aparataje a su voluntad. Para más inri, se pasea entre series por el pasillo donde a veces me pongo con las zancadas, desequilibrándome en el ejercicio y desconcentrándome en la cuenta de las repeticiones.gimnasio

En suma, que lo detesto. El mejor día es el miércoles, porque descansa y no va. Entonces campo a mis anchas, sin su molesta presencia. Todos estos detalles los podría pasar por alto si este sheriff hipertrófico me devolviera el saludo. Lo único que me importa.

gimnasio¡Hola!- le digo retadora, mirándolo con fijeza a la cara, e imagino en ese instante que le aprieto la garganta hasta sacarle el hola evasivo que me debe. Silencio. Pasa de largo como si yo fuera invisible. Su deuda saluderil se incrementa un poco más.

Y así un día tras otro. No es el único caso, por supuesto. A lo largo de mi vida me he topado con cientos. Es un arquetipo odioso de cuyo exterminio me encargaría gustosa. Estas cucarachas de la mala educación no tienen excusa posible. HAN DE SALUDAR SÍ O SÍ. ¿Que no les gusta hablar? A mí tampoco. ¿Que no son nada sociables? Yo, menos. No tengo ningún interés de entablar conversación ni hacer amistades. PERO EXIJO LO QUE ES MÍO. MI HOLA. Punto. H-O-L-A, y san se acabó. Detesto tanto a este tipo que más de una vez he pensado en quitarle los seguros a la barra olímpica, mientras recorre el pasillo respirando como un cerdo, para que al hacer press de pecho le caigan encima los discos y le rompan las costillas. Este dúo de empecinados tiene solo un ganador. Puntualizo: ganadora. Porque, creedme, a esta vil sabandija morosa, le he de sacar yo, cobradora del frac versión saludos, el hola de esa bocaza inmunda como me llamo Desorbitada.gimnasio

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